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domingo, 15 de octubre de 2017

ENCUESTA


Hola, mis guerreros.

Hoy, una pequeña encuesta 😉 A la hora de leer una novela romántica-erótica, ¿qué os gusta más? ¿El sexo descriptivo y explícito, o algo más sugerente? ❤️

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NATHAN Y ÁGATHA. ESTE


Los Cuatro Puntos Cardinales. ESTE: https://www.amazon.es/Los-Cuatro-Puntos-Cardinales-Este-ebook/dp/B01N9JZE08/ref=pd_sim_351_2?_encoding=UTF8&psc=1&refRID=RGB7H4ZWVK7EACYA6MQF

«Unos toques en la puerta irrumpieron de repente en mis virulentos pensamientos. Me incorporé y me quedé sentado en el camastro.

―¿Quién es? ―quise saber, resoplando.

La puerta se abrió y Ágatha apareció por el oscuro umbral.

Joder. Lo que me faltaba.

―Hola ―saludó, cerrando con el trasero.
―¿Qué coño haces tú aquí?

No sé ni por qué demonios lo pregunté, porque ya lo sabía de sobra.

―Vengo a hacerte una visita, como te prometí ―me recordó, esbozando una sonrisita presuntuosa que se combinaba con un regusto claramente libidinoso.
―No quiero visitas ―repliqué con firmeza, levantándome.
―Ya me he dado cuenta. Tienes a toda una fila de mujeres y rameras esperándote por los alrededores ―y su estúpida sonrisita se amplió, como si para ella el estar aquí ya supusiera todo un triunfo.
―Vete ―le dije, señalándole la puerta con mi seria mirada para  luego volver a observarla a ella con más crudeza.
Pero Ágatha se acercó a mí con su paso sigiloso y elegante de gata.
―¿Por qué? Solo quiero que pasemos un buen rato juntos ―contestó con un ronroneo, rozando mi pecho desnudo con su dedo al tiempo que lo repasaba con una mirada sexual.

Me quedé observando cómo su yema descendía, inexpresivo, hasta que alcé la vista hacia su rostro.

―Eso no va a pasar. Vete ―reiteré con inflexibilidad, sujetando su muñeca para que su dedo no continuase bajando hacia mi pantalón.

Intentó no darle importancia a mi claro gesto de rechazo y empezó a rodear con otros métodos.

―¿Sabes? El combate de hoy nos ha dejado a todos sorprendidos, aunque seguimos un poco perdidos ―declaró, llevando unas pupilas tan seductoras como su entonación hacia las mías―. No sabemos por qué lo hiciste, y tampoco sabemos todavía por qué nos has traicionado, ni siquiera Igor parece encontrar respuestas.

No me inmuté.

―Lárgate, Ágatha.
―No me voy a ir hasta que no me des lo que quiero ―rio―. Vamos, lo único que quiero es pasar una noche con el fuerte y poderoso Dragón.
―Te repito que no la vas a tener ―volví a decir, inexpugnable.

A Ágatha le empezaron a fastidiar mis negativas y se soltó de mi sujeción, cabreada.

―¿Qué coño te pasa? Te estoy ofreciendo un buen polvo, ¿es que se te ha caído la polla o qué?
―Mi polla sigue en su sitio, pero mi cordura también ―afirmé con acidez.
―Eso último empiezo a dudarlo ―bufó.

Un breve mutismo ventiló la pequeña estancia. Ágatha lo aprovechó para soltar un exasperado suspiro.

―Será mejor que regreses con tu grupo ―le aconsejé, momento en el cual su vista regresó a mí―. Lo de Sergey habrá sido un golpe duro para todos.

Pero eso tampoco le sirvió. Se quedó observándome, analítica, como si estuviese rebuscando dentro de mis sesos.

―Nunca quisiste follar conmigo, en cambio, a otras no te importaba tirártelas ―soltó con ese gesto―. ¿Por qué?
―Porque no me apetecía ―le espeté a la cara con algo de desplante.

Se echó a reír, como si lo que acababa de decir no pudiera ser cierto. Su semblante pareció relajarse un poco, aunque podía ser otra de sus técnicas de persuasión.

―¿Acaso no te gusto? ¿No te parezco atractiva? ―preguntó con otra entonación sugerente mientras se abría la camisa».



martes, 10 de octubre de 2017

TORTURA


💧 LOS CUATRO PUNTOS CARDINALES. SUR 💧
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«El lugar que se presentó ante nosotros era lúgubre y tétrico, húmedo y frío. Apenas unas antorchas aportaban una vaga luz a ese sótano. Orfeo me obligó a salir con otro tirón al iniciar la marcha y comenzamos a caminar por unos pasillos estrechos y claustrofóbicos. Los paramentos eran de roca, como si esos pasadizos hubieran sido escavados en el propio peñón con forma de muela, en el subsuelo del complejo del castillo.

Mis ojos se abrieron con horror mientras avanzábamos. Una sucesión de celdas empezó a distribuirse a nuestros lados conforme pasábamos por esos pasillos, y estaban provistas de arandelas, grilletes y cadenas de acero para amarrar a sus víctimas. La sangre, alguna fresca, aún teñía sus paredes. Pero mis pupilas pasaron al espanto cuando terminamos ese sinfín de pasadizos y accedimos a otra estancia.

Era una sala de tortura. 

En ella se encontraban un montón de máquinas de madera. Algunas tenían unas formas tan retorcidas, que era imposible adivinar qué clase de atrocidad podían provocar, pero otras presentaban innumerables e innombrables elementos cuyas finalidades de tortura daban poco margen a la imaginación. La sangre de las celdas me había impactado, pero la que bañaba a los distintos aparatos me horrorizó por completo. El pavor se apoderó de mí, sobre todo con la sola idea de relacionar a Nathan con cualquiera de esas máquinas.

Recordé ese sentimiento escalofriante que había atravesado mi ser la primera noche que había pasado aquí, durante aquel baño en el que había terminado llorando por la marcha de Nathan. Este lugar, este castillo, tenía algo que me inundaba con un sentimiento helado. Y ahora sabía por qué.

―¿Qué es esto? ―pregunté a duras penas.
―¿Crees que voy a conformarme solamente con denunciarle para que le pongan un simple castigo? ―dijo, mostrando una sonrisa malvada y pérfida que era escalofriantemente irónica. Después, su rostro se transformó súbitamente en uno lleno de perversidad y crueldad, pronunciando cada siguiente palabra de igual modo―. Le capturaré y le haré mi esclavo; le torturaré, haré que sufra hasta que agonice y muera.

Sus vocablos escupieron el profundo odio que sentía hacia Nathan sin tapujo alguno. Toda mi alma fue atacada por un inmenso vértigo al escuchar semejante cosa. No podía ni imaginarme tal atrocidad, jamás hubiera pensado que el chico que tenía delante y con el que había mantenido dos años de relación fuera capaz de hacer algo así. Sin embargo, su semblante no mostraba ni un ápice de compasión o vacilación, al contrario, se le veía muy seguro, capaz de realizar esa brutalidad. Sentí que me iba a desmayar, aunque, no sé cómo, conseguí mantenerme en pie.

―¿Qué… estás diciendo? ―exhalé, y mis cuerdas vocales temblaron con horror.
―Observa esos artificios ―me mostró, lanzándome hacia delante con un empujón brusco cuando soltó mi brazo, para que me fijara bien en las pruebas que tenía delante―. Imagínate todas las cosas que puedo hacerle a tu guerrero con ellos.
―No ―clamé ya con pánico, girándome hacia él.
―Esa máquina de ahí, por ejemplo ―señaló, ignorando mi súplica llorosa, demostrándome lo impasible y frío que era en realidad―. Le mutilaría poco a poco. 
―No ―sollocé.
―Empezaría por las manos y los pies ―prosiguió él, hablándome con una ferocidad espeluznante―, y después le cortaría en rodajas, despacio, hasta mutilarle del todo. Agonizaría y moriría desangrado, aunque hasta que lo hiciera, su dolor sería insoportable.
―¡No, basta!
―O esa de ahí ―me indicó con la mano―. Estira a sus víctimas hasta que mueren dislocadas.
―¡Basta! ―imploré, llorando.
―Los brazos y las piernas de tu querido guerrero se desmembrarían lentamente, haciendo que su muerte fuera larga y desgarradora.

El bastón se me cayó al suelo.

―¡No, por favor, basta! ―chillé entre lágrimas, llevándome las manos a los oídos.

Orfeo por fin se quedó en silencio, aunque su mirada seguía helándome completamente.

―Si no quieres que siga describiendo lo que le haré a tu querido guerrero, accederás a todas mis peticiones. De lo contrario, la próxima vez no serán meras descripciones; lo verás con tus propios ojos ―aseguró.

Alcé la vista hacia él con arrebato.

―¡Eres un monstruo! ―le grité con una inquina y una rabia inusitadas en mí, arrojándome hacia él para darle puñetazos en el pecho.

No llegué a pegarle mucho. Orfeo consiguió zafarse de mis puños y me dio una potente y dura bofetada en la cara que me lanzó hacia atrás. Mi cuerpo y mi rostro se quedaron ladeados, del golpe, al tiempo que intentaba salir de mi estado de shock y desesperación. Orfeo se encargó de virarme la cara, sujetándomela con brusquedad. 

―Jamás lo olvides. Ahora soy tu rey, obedecerás a todo lo que te diga si no quieres ver sufrir a tu guerrero. Arrodíllate ante mí ―me ordenó, soltando mi cara de un empujón seco, a la vez que sostenía su mirada fría, impasible.

Me quedé petrificada por todo lo que estaba oyendo y descubriendo. Mis ojos observaban, horrorizados, a ese chico al que antes llamaba James. Qué idiota había sido, qué ciega. Esa flecha empapada de culpabilidad que había sentido con anterioridad se desintegró al instante, estallando en millones de virutas que transportaban el mismo número de sentimientos desconcertados. No me podía creer que hubiera estado saliendo durante dos años con un monstruo así, y lo que es peor, que me hubiera acostado con él, que me hubiera… tocado. Empecé a sentir cómo mis tripas se revolvían, incluso me entraron ganas de vomitar.

―¡Arrodíllate! ―voceó al ver que no me movía.

Casi no tuve tiempo de sentir mi miedo. Unas manos rudas se estamparon sobre mis hombros inopinadamente y fui impelida hacia abajo con virulencia. Mis rodillas se estrellaron contra el pétreo forjado, produciéndose un punzante dolor en mis rótulas por el fuerte impacto, mientras el protector que lo había hecho se quedaba detrás de mí para encargarse de que no me levantara.

―Te alejarás de ese maldito guerrero para siempre. Te olvidarás de él para siempre ―me ordenó el cruel Orfeo, rebosando odio en cada sílaba que pronunciaba. 

Las palmas de mis manos golpearon el suelo cuando me caí hacia delante, de la agonía y el profundo dolor que mi alma estaba sufriendo. Mis pulmones apenas podían inspirar el aire debido a mis atormentados llantos, incluso el pecho me dolía. No, no podía vivir sin Nathan, todo mi ser, todo mi espíritu lo sabía.

―Cuando yo te diga, te quedarás un año aquí, accederás a una vida eterna y reinarás junto a mí ―continuó, intransigente y despiadado―. Así también dejarás de ser una tullida. Una reina tiene que caminar con elegancia.

Las desesperadas lágrimas no dejaban de resbalar por mi cara. Esto no podía estar pasando, era otra pesadilla.

―Ahora regresarás a tu casa, has pasado demasiados días aquí y ya se nos ha hecho tarde, pero la próxima vez que estés en mi reino lucirás la diadema azul. ¿Está todo claro? ―decretó, alzando el mentón con autoridad.

Me ahogaba. Casi no podía respirar. 

―¡¿Está todo claro?! ―repitió, pegando un grito feroz.
―Sí ―pronunció mi apagada garganta, llorando desconsoladamente.

Mi mente ni siquiera quería plantearse esta opción tan desoladora y devastadora, pero no me quedaba más remedio que obedecer. Si no lo hacía, Orfeo atraparía a Nathan y le haría todas esas cosas horribles que había jurado antes. Era muy capaz de hacerlo, y yo no podría soportarlo. No verle era una agonía para mí, pero verle sufrir era insoportable, mi cerebro se negaba siquiera el amago de pensarlo. Nathan era lo más importante para mí, él estaba por encima de mi propia vida. Si tenía que sacrificarla para salvarle a él, lo haría sin pensarlo. Le amaba demasiado, no podía dejar que le pasara nada malo. 

Noté cómo mi corazón se descerrajaba, casi literalmente, estaba herido de muerte. Sí, porque sin mi ángel, sin Nathan, no podía vivir. Yo jamás dejaría de amarle, jamás, ahora lo sabía con absoluta certeza. Sin embargo, no podíamos estar juntos.

Todo mi mundo se vino abajo. Me vi cayendo por un precipicio oscuro e interminable, hacia un vacío frío, desgarrador, sordo.

Esto… esto era otra pesadilla».




martes, 3 de octubre de 2017

lunes, 2 de octubre de 2017

OTRO ADELANTO DE SOL Y LUNA

Buen lunes a todos. 

Ayer os dije en Facebook que hoy iba a colgar un adelanto de ☀️ SOL Y LUNA 🌙 ¡Bien, pues aquí está! Es cortito, pero intenso, jejeje. Y como regalo, una imagen del que podría ser Jedram. El dibujo es de una artista llamada aenaluck; yo he modificado un poco la imagen para asemejarlo un poco al personaje (lo siento, no he podido dejarlo mejor). Podéis ver más de sus maravillosas obras de arte en su web: https://aenaluck.deviantart.com/ Espero que os guste el adelanto 😉 


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NALA.

«Me quedé petrificada, completamente absorta… Jedram estaba desnudo, secándose después de un baño en ese lago cuyas aguas calientes humeaban con calmada relajación. Solo le vi de espaldas, pero no pude apartar la vista de él, de ese cuerpo sublime. Sin duda tenía que ser el hijo de un dios. Su larga cabellera mojada se desparramaba por su ancha y fuerte espalda, y las goteantes puntas se esforzaban por tocar ese trasero terso y perfecto que tan al alcance tenían. Jedram ya había visto al lobo, quien se acercó a él con la alegría de un cánido que ve a su Alfa, y le acarició el lomo. Mientras el animal gozaba de su cariño, Jedram sesgó medio cuerpo hacia mí y me clavó una de sus intensas y misteriosas miradas violáceas. Me miraba con tanta intensidad, que todo en mí palpitó. La electricidad recorrió todo mi organismo, desde la cabeza a los pies, provocando la aceleración de mi corazón.

Pero algo me distrajo de mi apurón. Unas risitas morbosas y tontas se escaparon de la linde de los árboles. Giré la cabeza en esa dirección de inmediato. Estaba tan embelesada con la imagen que mis retinas aún retenían, que me sorprendió descubrir a un pequeño grupo de mujeres espiándole a unos pocos metros de mí, tras unos setos. Enseguida me di cuenta de cómo le observaban. Jedram era muy atractivo, tenía que reconocerlo, y eso no escapaba a los ojos de las demás féminas.

Descaradas…

Mi mandíbula se cerró abruptamente al sentir un fuego extraño quemándome el estómago. Ni qué decir tiene que no era por Jedram; aparte de que no había prácticamente ninguna clase de relación entre nosotros excepto miradas mudas, mi corazón le pertenecía única y exclusivamente a mi Sephis, pero esto era algo que pisoteaba mi honor. Jedram, a ojos de todos, era mi marido, y esas mujeres, esas rameras descaradas, estaban observándole sin ningún tipo de tapujo hacia mí, como si yo no importara lo más mínimo. Para ellas yo no significaba nada, no me tenían ningún respeto. Todavía no me tenían por la esposa de su rey.

Rechiné los dientes. Esto era cuestión de honor. Si quería que esta gente tozuda me tuviera en cuenta debía hacerme respetar. Y ahora ya empezaba a comprender su juego.

Me quité el cinturón de la vaina y dejé que cayera al suelo junto con la espada que guardaba. Para cuando me quité las botas y los pantalones las risitas estúpidas ya habían cesado. No solo esas mujeres me observaban. Jedram permaneció en silencio, sin quitarme ojo de encima, pero mi acción pareció agradarle. Sus pupilas me repasaron entera al ver cómo me despojaba de la parte superior de mi indumentaria, y pude percibir el deseo que eso despertó en él. Me desnudé ante mi marido y les eché una mirada altiva a esas zorras morbosas. Por primera vez, vi el labio de Jedram despuntarse hacia arriba, divertido. El mío se izó más cuando me solté el pelo, presumiendo delante de las mironas. 

Corrí hacia el agua con gracia, imitando a la mismísima Soka. Estaba bastante caliente, aunque disimulé esa sensación zambulléndome del todo. Emergí cual ninfa y les dediqué otra miradita a las mujeres espías de maridos ajenos. Se quedaron tan perplejas y pálidas que abandonaron su puesto como una exhalación. 

¡Ja! Me entraron unas ganas tremendas de reírme a carcajadas, sin embargo, una vez más todo eso se cortó de cuajo».




domingo, 17 de septiembre de 2017

EL DRAGÓN


«El gigante había soltado a Nathan de sopetón, quien pudo caer de pie gracias a una habilidosa pirueta en el aire. Nadie había visto a qué se había debido, excepto yo; el dragón de su espalda todavía seguía en llamas, aunque se apagó en cuanto pisó el terreno. El siguiente ataque lo realizó él. Aprovechando su posición y la inercia de su aterrizaje, lanzó la kusarigama hacia los tobillos de uno de sus rivales. Para mi sorpresa, estos no eran la presa de su filo, sino que fue la cadena la que los atrapó, enroscándose con fiereza. Un potente tirón bastó para que la tremenda fuerza de Nathan lo derribase. El anfiteatro tembló cuando el espinazo del gigante se topó con el terreno, incluso una nube de polvareda amarilla se levantó por la colisión. Transcurrió un segundo en el que no se pudo vislumbrar nada, y de pronto, una ráfaga de viento se llevó la cortina. Las exclamaciones de las gradas lo invadieron todo. El guerrero del Este ya era un muchacho descuartizado, podían verse todas sus tripas y entrañas desparramadas en la arena, arrastradas desde la abertura limpia que deformaba su torso. La kusarigama de Nathan aún tenía los restos de esa sangre, al igual que él, y nadie había escuchado ni el más mínimo sonido, ni siquiera el otro gigante, que ahora le miraba con pavor, como si por fin se hubiera creído que era el auténtico Dragón.

―Ese guerrero es… increíble ―reconoció Damus, patidifuso, mientras Nathan ya se estaba abalanzando contra el asustado gigante que quedaba.
―Sí, resulta fascinante ―opinó Daero, que le observaba con cierta maravilla―. Había oído… leyendas acerca de él, pero ahora veo que son ciertas. Infunde en los demás un profundo temor por lo cruento de su metodología, sin embargo, eso mismo a su vez produce un sentimiento de admiración y respeto incomprensible. Es… muy desconcertante y misterioso.

Las palabras de Daero iban acompañadas por un rostro ensimismado que era algo anormal en alguien como él. Delataba el profundo interés que sentía hacia Nathan, un interés de admiración, y eso me sorprendió; más tratándose de alguien que debería tenerle en cuenta como un posible enemigo.  

―Es el yin y el yang ―intervino Igor de repente.
―¿Cómo? ―inquirió Daero sin comprender.

Eso también llamó mi atención y dejé la arena un instante para dirigir mi interesada vista hacia él.

―Él aúna lo bueno y lo malo, su aura reúne el bien y el mal, es un guerrero completo, por eso es el Dragón ―explicó el Sabio, sin mutar lo más mínimo su expresión seria, aunque el orgullo que seguía sintiendo hacia Nathan, a pesar de todo, resplandecía en su cara. Observé a Nathan otra vez, absorta por lo que acababa de oír, y analicé todos los vocablos inconscientemente―. El día no es día sin la noche, no hay amanecer si no anochece, no brilla la luz si no hay oscuridad, del mismo modo que no existe el bien si no existe el mal. Todo yin necesita su yang, así como todo su yang necesita su yin. Ambos se equilibran para formar un todo, y cuando eso sucede, se alcanza la perfección. Nathan está totalmente equilibrado, domina y controla tanto el bien como el mal, es un guerrero perfecto, no existe nadie como él, y eso le hace imparable e invencible.

Sabía que mi boca se había ido quedando colgando con cada palabra, pero no pude impedirlo. 

―Y ese guerrero invencible ahora es mi esclavo, lucha para mí ―sonrió Orfeo, curvando su asquerosa boca con arrogancia y una petulancia que daban ganas de arrancarle la cabeza―. Me sorprende que digas eso, parece que das por hecho que mi guerrero será el vencedor.

Igor, fiel al estilo que había adoptado al llegar a las Tierras del Este, prefirió guardar silencio.

―Vuestro… esclavo ―dijo Kádar, utilizando esas formas protocolarias que ellos dos solo usaban aquí para fingir― será invencible con los demás guerreros, pero no podrá hacer nada contra mis espectros. 

En esta ocasión fue Orfeo quien optó por callar, aunque la comisura de su labio se curvó ligeramente con una confianza que me extrañó».







martes, 25 de julio de 2017

RESEÑA DE SUR EN "CON LA TINTA QUE SOBRABA"


¡Muchísimas gracias a Con la Tinta que Sobraba por su maravillosa reseña de SUR! Estoy muy feliz ♥

LEE LA RESEÑA: http://conlatintaquesobraba.blogspot.com.es/2017/07/resena-n13-saga-los-cuatro-puntos.html?spref=fb




SUR: https://www.amazon.es/Los-Cuatro-Puntos-Cardinales-Sur-ebook/dp/B01N5HS0CF/ref=pd_sim_351_1?_encoding=UTF8&psc=1&refRID=6YNCV73FY3B5K1CPQZ2J



OTRO PEQUEÑO ADELANTO SOL Y LUNA


¡Buenos días, mis guerreros!

Aquí vengo con lo que os prometí ayer. Espero que os guste este pequeño adelanto de ☀️ SOL Y LUNA 🌙

Ahí va:

☀️ SOKA ☀️

«Corrí por el poblado y alcancé los primeros árboles de la selva. Me interné con inquietud, aún perdida y desconcertada por lo que estaba haciendo, si bien recorrí varios metros sin imprevistos.

Hasta que me choqué con alguien. 

Tras el susto inicial, abrí los ojos como platos. Era Sephis… Mi corazón dio un vuelco y se puso a latir atolondradamente. Él se puso en guardia como acto reflejo, creyendo que era un noqui. Al verme, le dio un respingo por la sorpresa.

―¿Qué haces aquí? ―le pregunté, sorprendida y apurada.
―Voy de camino al puesto de vigilancia, me toca el relevo ―Sephis sacudió la cabeza, encaminando la conversación―. No, ¿qué es lo que estás haciendo tú aquí?
―Voy… Voy… Nada ―atajé nerviosamente, haciéndome a un lado.

Eché a andar de nuevo, pero él empezó a caminar detrás de mí.

―¿Nada? ¿Adónde vas a estas horas? ¿Sabes lo peligroso que es?
―Eso ya no es de tu incumbencia. 

Sephis se interpuso delante de mí y me vi obligada a parar.

―Por supuesto que lo es ―rebatió, molesto.
―Ya no estamos prometidos, no tienes por qué cuidar de mí ―le contesté gentilmente.

Mi respuesta y mi actitud parecieron exasperarle, porque soltó un resollado por la nariz.

―No cuido de ti por eso, lo sabes.

Rehuí de sus ojos negros.

―Bueno, pues ya no tienes por qué hacerlo ―volví a contestarle con amabilidad. 
―Claro que sí.

Mi corazón se aceleró.

―Te repito que ya no estamos juntos ―murmuré sin alzar la vista.
―Si ya no estamos juntos, ¿por qué tus padres y todo el mundo siguen creyendo que lo estamos? ―inquirió, perspicaz.

Esta vez tuve que levantar las pupilas para observarle.

―Porque no quiero romperles el corazón ―le recordé, casi con una súplica para que no contara nada―. Todavía tienen lo de Nala muy reciente. 

Sephis miró a un lado y soltó otro suspiro.

―No estoy diciendo que tengas que decírselo, solo… me parece raro, nada más ―y sus ojos regresaron a los míos para analizarme.

Los aparté de nuevo.

Mi exnovio suspiró por enésima vez. 

―Bueno, ¿por lo menos puedes decirme adónde vas? ―me preguntó, más tranquilo.

No pude evitar izar la vista hacia él con ese rostro entre arrepentido y decidido que me delataba. Sephis enseguida comprendió mi expresión.

―No me digas que… ―al ver cómo yo escondía mi semblante, y al fijarse en el atillo que escondían mis manos, su boca se quedó colgando―. Estás loca ―desaprobó, observándome con los ojos muy abiertos.

Mis pupilas se encontraron con las suyas, otra vez con ruego.

―No puedo abandonarla ―defendí.

La crítica inicial de Sephis pronto fue sustituida por un parpadeo sorprendido.

―¿Vas a ir a buscar a Nala? ¿Tú?
―Sí ―le ratifiqué, aunque con timidez.

Se quedó un momento en silencio, contemplándome atónito.

―Eso es… una locura. Una locura que lo es todavía más viniendo de ti ―para mi sorpresa, las palabras de Sephis no parecieron una crítica. Es más, hasta juraría ver asomar una pequeña sonrisa por sus labios.
―Es mi hermana pequeña, no puedo dejar que Jedram le haga daño.

La expresión de Sephis volvió a cambiar. Se puso tan serio, que me dio un apuro terrible.

―Pero ella es la razón de que tú y yo hayamos roto. ¿No te importa eso?

Sus palabras, y la forma tan directa con la que lo dijo, me dolieron. Pero, aun así, Nala seguía siendo mi hermana.

―No importa lo que ella haga, es sangre de mi sangre, yo la quiero y la querré siempre ―afirmé.
―Eres demasiado bondadosa ―me achacó con otro suspiro, echando el rostro a su vera. Luego, lo sesgó hacia mí otra vez―. Sabes que Nala nunca iría a buscarte a ti, si hubiera sido al revés. 
―Sí lo habría hecho ―rebatí con la calma del convencimiento―. Bajo esa capa dura se esconde un buen corazón. Nala me quiere, lo sé.

Otro resollado inquieto y disconforme se fugó de la boca de Sephis, quien volvió a mirar a un lado. Pero, entonces, su rostro se puso tenso de repente».



jueves, 20 de julio de 2017

YEZZABEL


YEZZABEL 😈

«Dirigí mi bastón hacia Yezzabel vertiginosamente y le arrojé un disparo. 

―Mierda, July ―farfulló Nathan, más que inquieto, sacándose la katana de la vaina.
―¡No te metas! ―le pedí, poniéndome delante de él.

No era por orgullo, era por protegerle. 

―Joder ―protestó con un gruñido.

Sabía cuánto le costaba mantenerse al margen, pero si luchaba contra la magia perdería una energía preciosa.

Mi chorro anaranjado se precipitó hacia la bruja, sin embargo, esa arpía logró bloquearlo con otro manguerazo negro.

Yezzabel escupió una risotada que me ofendió en el alma.

―¿Piensas detenerme con eso? ―se mofó, y alzando su mano, envió una orden a sus pájaros mitad cuervos mitad buitres.

Apreté los dientes. 

―Claro que no.

La horda de pájaros invadió nuestro techo, arrojándose automáticamente hacia el grupo.

―¡En guardia! ―gritó Mark.

En un fugaz latido se inició una lucha encarnizada.

―Ten cuidado ―me pidió Nathan, sesgándole el pescuezo a un pájaro de Yezzabel con su katana.

El animal continuó moviendo sus patas, ya en el suelo, mientras su cuerpo perdía la vida poco a poco.

―Tranquilo, sé lo que hago ―y se me escapó una sonrisita maquiavélica que le dediqué a Yezzabel.

Un fogonazo explotó de mi bastón, y ese fuego se transformó en mi ave Fénix. 

―Bueno, pero ten… ten cuidado ―volvió a pedirme mi chico.

Mi ave Fénix dio su aviso con un chillido y se arrojó con furia hacia la bruja. Esa arpía no tardó en responder. 

Otra ave Fénix, esta negra, colisionó con la mía, enzarzándose en una pelea. Mientras luchaban, la Bruja Negra soltó otra de sus carcajadas.

―¿Creías que con eso ibas a terminar conmigo? Como ves, yo también puedo crear un ave Fénix.

Su pajarraco cogió a mi ave por el cuello y la zarandeó. Después, le rompió el cuello sin compasión y mi ave de fuego se desintegró. 

―Te recuerdo que soy la bruja más poderosa de las Cuatro Tierras, querida ―presumió.
―Ya no ―no titubeé.

Mi ave renació al instante. Sin más dilación, volví a lanzarla contra Yezzabel. Pero se topó con su magia de nuevo. Cuando esa ave negra venció y se arrojó a por mí, Nathan se interpuso con su impulsividad habitual, quitándose de encima a otro pájaro gigante de un sablazo certero.

―Lo siento, pero no puedo quedarme de brazos cruzados ―gruñó con su katana por delante.

De una explosión, mi ave Fénix resurgió y se precipitó hacia el ataque de Yezzabel, bloqueándolo justo antes de que el filo de Nathan se interpusiera.

―De esto me encargo yo ―le reprendí. 
―July ―protestó.

Tomé aire mientras conducía a mi ave para que se enzarzara con la de la bruja.

―No es por orgullo, ni nada de eso. Es que no quiero que desperdicies tu energía ―le aclaré, hablándole con más calma―. Si luchas contra la magia, tu energía también se verá mermada. 
―Joder, esto es una mierda ―protestó, impotente.
―Tú protégeme de esos pajarracos.

Mi guerrero alzó la vista al ver cómo la sombra de unas enormes alas sobrevolaba nuestras cabezas y cómo un potente graznido ensordecía nuestros oídos. 

―¡Joder! ―masculló, poniéndose manos a la obra. Luego, cuando se deshizo de nuestro atacante de plumas, farfulló algo ininteligible―. Mierda, de acuerdo, July ―aceptó por fin, aunque se percibía cuánto le seguía costando―. Acaba con ella.

Eso tenía pensado hacer.

Mi ave Fénix era una marioneta bien dirigida, y yo aprendía rápido. Como en el béisbol, todo era cuestión de estrategia y de cogerle el ritmo a tu rival. En cuanto Yezzabel realizó un quiebro con su ave, la mía la enganchó. El pájaro de la bruja se desintegró en el acto, al igual que haría una efímera ilusión de humo, pero a diferencia de mi ave Fénix, la suya no resurgió; Yezzabel tuvo que crear otra nueva.

Su ave solo era una burda imitación.

―¿Eso es lo único que puedes hacer? ―me burlé con una ceja  y mi labio despuntados hacia arriba.

Yezzabel hizo crujir su mandíbula y ella misma hizo desvanecer a su falsa ave Fénix.

―Veamos qué puedes hacer contra esto, jovencita ―amenazó, entornando los ojos con inquina mientras soltaba la caracola. La concha se quedó quieta en el aire, si bien no se despegó de ella en ningún momento. Seguía todos sus movimientos, como un extraño satélite. 

El cabello azabache de la bruja y su capa se levantaban con los súbitos arrebatos de la acción del fortísimo viento, dándole un aspecto más fiero, pero a mí me sucedía lo mismo con mi trenza pelirroja, así que supongo que yo también tenía más o menos ese porte. Sus pupilas me apuñalaron sin cuartel mientras sus manos se izaron para componer una maléfica sinfonía de magia. Entre tanto, el grupo continuaba luchando contra sus gigantescos pajarracos. Incluso Daero tenía que emplear su espada. Al tratarse de un príncipe, había recibido entrenamiento en el arte de la lucha, sin embargo se notaba que a Daero no le gustaba la violencia, eso hacía que no fuera tan diestro como el resto. Al menos se defendía, aunque Mark y Oliver mantenían su cabeza a salvo. 

La Bruja Negra clamó al sombrío cielo con sus engarrotados dedos en alto y de pronto la tierra comenzó a removerse. Tembló, provocando más de un tambaleo entre los nuestros, y se agrietó después. El viento empezó a girar y girar, aprovechándose de la potencia del tornado que custodiaba el castillo. Varios fragmentos del terreno fueron arrancados por la actividad y se formó un tifón fino y alargado, pero potente. La arenisca y las piedras parecían un enjambre que se centrifugaba sin parar dentro de él.

Recordé las palabras de mi madre. Eso me dio fuerzas y me llenó de confianza. Y sabía que ella, aunque no pudiera salir del Cementerio Oscuro, estaba aquí conmigo de alguna forma. Sí, estaba aquí conmigo, y mi padre también. Quería que se sintieran orgullosos de mí, más orgullosos de lo que ya estaban. Quería que mi madre viera que su sacrificio había merecido la pena.

Mi bastón recogió a mi ave Fénix con súbita presteza. Mirando a la bruja con una sonrisita desafiante, moví la empuñadura de mi báculo en círculos continuadamente. El suelo tembló con otro seísmo, aunque en esta ocasión fue más fuerte y arrancó más trozos de terreno, hasta que modelé otro tornado. El mío fue más alto, tanto, que incluso atraía y tragaba a las mismísimas nubes. El grupo tuvo que aferrarse bien a lo que pudo para no salir volando. Martha aguantó gracias a Tom; Mark, Daero y Oliver formaron un tándem para tener más peso; Mike tuvo que sujetar a Tulio por el tobillo cuando este, aún inconsciente, se elevó; Ágatha se agarró a Basam; Nathan hundió su katana en el terreno y los demás le imitaron. Los pajarracos de la Bruja Negra tuvieron que emplearse a fondo para poder sostenerse en el aire.

―Vamos a dejarnos de juegos, ¿no te parece? ―le reté, enviándole mi tornado.

Las dos masas de aire chocaron entre sí varias veces, hasta que el mío engulló al suyo y se hizo más grande.

Los ojos de Yezzabel ya estaban abiertos de par en par, pero cuando vio cómo mi tornado giraba en rededor a una velocidad trepidante y se arrojaba hacia ella, su boca se cerró abruptamente con una tensión cortante. Con un gruñido sordo, se apartó de un salto urgente. El viento procedente del castillo la arrastró hacia atrás, aunque logró sujetarse con sus largas uñas. Un segundo después, y gracias a un salto respaldado por su magia, volvía a ponerse en pie.

Yezzabel tampoco desperdició el tiempo. Impuso una barrera que bloqueó mi tornado y alzó los brazos de nuevo. Las armas de los caídos en la batalla de Kádar y Orfeo se levantaron solas e iniciaron un acercamiento galopante e implacable en nuestra dirección. Los implicados en la guerra estaban tan concentrados, que no se percataron de nada.

―¡Cuidado! ―gritó Tom.

A la bruja no le importó que algunos de sus pajarracos fueran heridos por los filos de las espadas y los tridentes en esa ruta programada hacia mí. 

―¡July! ―gruñó Nathan, a punto de intervenir.

Detuve mi tornado, haciendo que se desintegrara; todas las rocas y trozos de terreno que arrastraba se desplomaron de una forma intencionadamente brusca. 

No tuve ni que mover un dedo. Simplemente empleando una mirada, las armas se detuvieron y se quedaron suspendidas en el aire. Un segundo después, y oscilando la vista hacia Yezzabel, cambiaron de dirección inopinadamente. La Bruja Negra se vio forzada a utilizar su barrera otra vez.

―¡Maldita! ―farfulló con rabia».

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lunes, 17 de julio de 2017

IGOR


IGOR ;)

«Mark, Tom, Luke y yo asentimos y empezamos a desalojar la sala de los tronos. Los miembros del Consejo lo hicieron delante de nosotros, como mandaba el protocolo, salvo Igor, que por alguna razón prefirió no marcharse.

―Un día voy a tener que sujetarte la lengua con una cuerda ―estaba farfullando Mark a mi lado, en voz baja…
―Nathan, ¿tú puedes quedarte un momento conmigo, por favor? ―cuando Igor hizo ese ruego.

Me dejé la réplica destinada a mi amigo en el gaznate y me detuve para mirarle.

―Sí, claro ―asentí, extrañado.

Luke, Tom y Mark nos observaron con la rareza estampada en sus rostros mientras se alejaban, hasta que tuvieron que largarse con el resto de Sabios y la puerta se cerró.

―¿Qué pasa? ―pregunté.

Igor caminó por la estancia y se paró delante de los dos tronos, dándome la espalda.

―¿Qué ocurrió realmente en el castillo del Sur? ―inquirió.
―¿Cómo? ―arrugué las cejas sin comprender.
―¿Para qué te hizo ir Orfeo? ¿Por qué te invitó a ir a su castillo, a ti, a un guerrero? 
―Ya os lo dije. Me tendió una trampa, quería que confesara que fui yo quien terminó con Dick y que July… Juliah ―rectifiqué― lo escuchara.

No sé por qué coño no le dije toda la verdad, que Orfeo me había hecho llamar para pedirme que me uniera a él, pero, por alguna razón, preferí no contar nada al respecto.

―¿Y por qué tendría que escuchar eso Juliah? ―cuestionó, girándose hacia mí para fijar sus pupilas orientales en mí.

Me quedé inmóvil durante un instante. ¿A qué venía eso? ¿Acaso… acaso sospechaba algo de lo nuestro? Sostuve la mirada con él.

―No lo sé. Para que ella eligiera quedarse allí, supongo, para manipularla o algo así, aunque no tengo ni idea de qué intentaba en realidad ―respondí.
―¿Y el que saliera de tu propia boca era tan importante para Orfeo? ¿Tanto como para invitarte a ir a su reino? ¿Tan poderoso es que Juliah lo escuchara de tu boca como para que fuera capaz de influir en ella y decidiera quedarse allí? ¿Tanto como para poder manipularla? ―disparó, sagaz. 

Eso ya me mosqueó del todo.

―¿Qué estás insinuando?

Igor esperó un par de segundos.

―¿Hay algo entre Juliah y tú? ―quiso saber, muy serio.

Su pregunta directa me pilló algo desprevenido, aunque reaccioné. 

―¿Quieres saber la verdad? Está bien, lo reconozco, hay algo entre nosotros ―mantuve un pequeño silencio en el que Igor se quedó expectante y tieso. Entonces, lo solté―. Somos muy amigos, ya lo sabes, amigos de la infancia. Ella es mi mejor amiga y yo soy su mejor amigo. Por eso le dolió tanto que fuera yo quien matara a su padre. Me parece algo bastante lógico, ¿no te parece? ―concluí con sarcasmo.
―¿Estás enamorado de ella? ―inquirió de pronto, regio.

Mi corazón sufrió una punzada eléctrica, pero le miré con más intensidad.

―¿Es que ahora estar enamorado de alguien también está prohibido? ―una vez más, la ironía estalló en mis cuerdas vocales.
―No has respondido a mi pregunta ―protestó, tensando los músculos de su semblante.

Sopesé mi contestación un instante.

―No ―dije, firme.

Pero cómo me costó escupir esa mentira. 

―Bien, porque no hace falta que te recuerde que toda relación entre un guerrero con alguien de un estatus superior está terminantemente prohibida, ¿verdad? ―me avisó, tirándomela―. Incluida la amistad. Juliah y tú ni siquiera deberíais ser amigos.
―Lo sé, pero…
―Sin embargo ―me cortó, alzando un poco la voz para causar más efecto, al tiempo que iniciaba otro paseo―, como guerrero también debes hacer cualquier cosa por tu reino, todo lo que esté en tu mano, usar cualquier estratagema. Vosotros los guerreros del Norte protegéis el Fuego del Poder, es vuestro mayor cometido, pero también necesitamos a nuestra sacerdotisa para el mismo fin. Juliah es la sacerdotisa más poderosa de las Cuatro Tierras, es la elegida para controlar y proteger el fuego. Es la elegida para ser la sacerdotisa de las Tierras del Norte ―y se volteó hacia mí.
―¿Adónde quieres llegar? ―una vez más, no entendía nada. Mi careto lo decía todo.
―Quiero que aproveches esa amistad para hacerla volver.

En esta ocasión no pude ocultar mi perplejidad.

―¿Qué? ―parpadeé.
―Tienes que hacer lo que sea para convencerla lo antes posible y que regrese. Lo que sea.
―¿Lo que sea? ―arqueé las cejas con incredulidad.

¿Qué me estaba pidiendo?

―Sí, lo que sea. Excepto seducirla, enamorarla o enamorarte de ella, por supuesto ―matizó con ojos y tono severos. 

Ya era demasiado tarde para eso…

―¿Seducirla? ―me burlé para disimular―. ¿De qué va esto?
―Por lo demás no me importa cómo lo logres ―continuó él, haciendo caso omiso―. Cuando la veas en el mundo de fuera pídele perdón, suplícale, implóraselo de rodillas, pero no puede quedarse en el Sur para siempre, sería catastrófico.

Sacudí la cabeza para espabilarme.

―Espera, espera, espera. Juliah no va a quedarse en el Sur para siempre, ya os lo dije ―refunfuñé, harto de tener que repetirlo tantas veces―. Si se quedó allí es porque estaba dolida conmigo, pero volverá, estoy seguro. Ella jamás sentirá que pertenece a ese reino, sabe a cuál pertenece. 

Por eso había que sacarla de allí ya. Puede que en estos momentos estuviera arrepentida de haberse quedado y ya fuera demasiado tarde. Orfeo ya no la dejaría marchar, la retendría, como había hecho una vez. Así que me di cuenta de que la petición de Igor me daba una oportunidad de oro para ir a buscarla. No podía desaprovecharla.

Igor prosiguió, ajeno a mis tribulaciones internas.

―Si es verdad que se ha quedado allí por esa razón, tendrás que hacer que regrese al Norte antes de que acontezcan esos juegos. Necesito hablar con ella sobre ese asunto, es de suma importancia para nuestro reino.
―De acuerdo, obedeceré tu orden y haré lo que sea para que vuelva. Pero ¿después qué? ―pregunté, admito que levantando el mentón con chulería.
―¿Cómo? 
―Me estás pidiendo que utilice mi amistad con ella por el bien del reino. Pero cuando todo termine, ¿qué pasará? Ahora resulta que puedo ser su amigo, interesa, pero ¿y después? ¿Tendré que dejar de serlo? ¿Ahora sí pero luego ya no? 
―¿Me estás reclamando algo a cambio? ¿Algo a cambio por una orden? ―se ofendió Igor. 
―Para mí no es una maldita orden, lo que me has pedido iba a hacerlo de todos modos ―le espeté, clavándole una mirada segura y decidida―. No te estoy reclamando nada a cambio, pero tú sí lo haces, y lo que me pides es injusto. Me estás pidiendo que ahora sea su amigo, y que después deje de serlo. Pues bien, quiero que sepas que cumpliré esa… orden, pero que no pienso dejar de ser su amigo nunca, jamás. July y yo nos conocemos desde que éramos unos niños, incluso a veces dormíamos en la misma cuna, nada cambiará entre nosotros.

Y mientras pudiéramos, dormiríamos en la misma cama.

―Has perdido el juicio. Esto podría considerarlo rebelión, lo sabes ―me advirtió.

Sí, estaba loco. Estaba lo bastante loco como para rebelarme por July, como para hacer cualquier cosa por ella, cualquiera. Pero por ella precisamente también tenía que ser cauto y actuar con sensatez.

―Solamente estoy exigiendo lo que es justo ―contesté, decidido. Igor soltó un gruñido profundo, pero parecía estar ablandándose. Lo aproveché―. Si levantaras un poco la mano con este tema yo siempre te estaría eternamente agradecido, Igor, siempre. Sabes lo importante que es Juliah para mí, pero también lo que simboliza. Es mi mejor amiga, pero también es la hija de mi Maestro. Dick era como un padre para mí. Y con su cuerpo sin vida presente le prometí a Juliah que la protegería siempre, ¿cómo voy a evitarla de repente y dejar de ser su amigo? Ya es demasiado tarde para eso, ya no puedo dejar de serlo. Además, eso nos destrozaría a los dos, a Juliah y a mí.
Igor resopló con otro mugido, sin embargo, me observó con gesto reflexivo durante unos segundos que se me hicieron interminables.
―Eres el mejor de mis guerreros ―declaró, paseando de nuevo con pasos lentos―. El más fuerte, el más valiente, el más leal, el Dragón ―se paró abruptamente y se quedó pensando otro momento eterno, con la mirada perdida en un infinito que se parecía a mi desquiciada espera. Hasta que por fin viró en mi dirección, con ojos resolutivos―. Está bien, te concederé ese merecido privilegio por tantos años de buen servicio. No comentaré nada sobre esto con el resto de Sabios y haré la vista gorda con vuestra amistad. Pero siempre y cuando sea solo amistad y la llevéis con total discreción ―remarcó, ahora con una mirada de advertencia.
―Sí, solo amistad. Lo haremos, Igor, gracias ―sonreí.
―Espera, no he terminado, Nathan ―el tono de Igor se tornó muy trascendental.

Eso hizo que mi boca y mis cejas cayeran otra vez.

―Dime.
―Es sobre la arena ―explicó, y de repente pasó a observarme con ese orgullo y honorabilidad que tanto pesaba―. Sabes que todos tus compañeros te siguen ciegamente, para ellos es un honor luchar junto a ti. Dales ejemplo e infúndeles valor; ellos te seguirán y harán todo lo que les pidas. Vence a toda costa. Todos confiamos en ti, Nathan. Tú eres el Dragón de los Guerreros, sin ti no podremos ganar, eres nuestra única esperanza. Vence en cada lucha y gana el Fuego del Poder para la gloria de nuestro reino. Recupera lo que es nuestro por derecho y yo cumpliré mi promesa.

A pesar de lo bonito de su discurso, la parte final me fastidió un poco, porque ya me extrañaba a mí que me concediera ese “merecido privilegio” tan fácilmente. Aun con todo, le clavé una mirada llena de intenciones, confiada.

―Lo haré ―juré, asintiendo».

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