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domingo, 10 de diciembre de 2017

EL BOSQUE DE NORTE


NORTE.


Nadie elige de quién se enamora…

Tras la misteriosa y traumática muerte de su padre, y siendo ya huérfana de madre, Juliah Olsen partió de Wilmington a los doce años para refugiarse en Boston, junto a sus abuelos. Aquel trágico suceso del que ella fue testigo le provocó una cojera irreparable, además de marcarla para siempre.

Siete años después, Juliah se ve obligada a regresar para comenzar una peculiar terapia que pretende curarla de su trauma. Insegura, deja atrás a sus protectores abuelos y a su novio, James. En Wilmington se enfrenta a un desagradable reencuentro con un fantasma de su infancia, parte de la pesadilla que la tortura: el enigmático y rebelde Nathan Sullivan.

Sin embargo, más sorpresas le aguardan. El bosque que se ubica en la parte posterior de la casa, y que le da tanto pavor, esconde un secreto muy bien guardado relacionado con la muerte de su padre, con Nathan y con ella misma. 

Juliah se verá envuelta en los entresijos de un mundo extraño y emprenderá un peligroso viaje para completar una misión que solo ella puede finalizar, contando con el insoportable Nathan como compañía. Juliah hallará la magia, se enfrentará a unos seres maléficos, conocerá lugares nuevos y tendrá que superarse a sí misma… Pero sobre todo aprenderá los caprichosos caminos que toma el amor cuando este descubre su verdadero destino. 

Sí, nadie elige de quién se enamora…

Puedes descargarlo en: https://www.amazon.es/Saga-Cuatro-Puntos-Cardinales-Norte-ebook/dp/B01NBPCL89/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1486826978&sr=1-1&keywords=los+cuatro+puntos+cardinales





sábado, 18 de noviembre de 2017

UN PASEO IMAGINARIO


¿Os apetece dar un paseo por Wilmington, Brattleboro o North Adams? Desde la web de Los4PC podéis imaginar cómo sería 😉

http://tgp7904.wixsite.com/los4pc/fuera-c1j7y

jueves, 16 de noviembre de 2017

UN LAVADO DE CARA A LA WEB


Le he dado un lavado de cara a la página web de Los4PC. Os dejo el enlace por si queréis echarle un vistazo al nuevo formato ;)

http://tgp7904.wixsite.com/los4pc




lunes, 13 de noviembre de 2017

EL FRAGMENTO PROMETIDO DE ☀️SOL Y LUNA🌙


Buenos días, mis guerreros.

Soy una mujer de palabra, así que aquí tenéis ese pequeño pedacito de ☀️SOL Y LUNA🌙 que os prometí 😏 Ya he avanzado mucho en la historia, así que, aunque todavía no os puedo dar fechas concretas, sí que os puedo decir que ¡ya queda menos! De momento, espero que os guste este trocito 😉 Todavía está en fase de borrador, con lo que podría haber alguna corrección en el futuro, aunque yo soy poco dada a demasiadas correcciones; a veces, de tanto repasar, quitar y poner, lo único que haces es manosear la historia, desgastarla, y al final pierde esa esencia y esa pasión que tiene un escrito en su forma original. En fin, que aquí os lo dejo 😂

Ahí va una canción inspiradora para vuestra lectura: https://www.youtube.com/watch?v=liuX0C5vx7A

☀️ SOKA ☀️

«Me puse a inspeccionar todo cuanto me rodeaba, al igual que él. Cada rincón oscuro, cada montículo, cada bulto.

Entonces, entre la oscuridad de la maleza, vislumbré unos ojos rojos como el carmín. 

―Sephis… ―fue lo único que me dio tiempo a murmurar debido al horror.

El hambriento noqui salió despedido de su escondite, abalanzándose sobre nosotros con un rugido estremecedor. 

―¡Nos ha seguido hasta aquí! ―exclamó mi exnovio.

Los caballos entraron en pánico, aunque Sephis fue capaz de controlar al suyo. El mío, en cambio, elevó sus patas delanteras con pavor y me tiró hacia atrás.

―¡Soka! ―gritó Sephis, bajándose de su equino.

Mientras los caballos trotaban descontrolados, me caí sobre el fango, si bien tuve suerte y lo hice sobre unos helechos embarrados que amortiguaron el golpe. Cuando me incorporé, vi las garras del noqui prácticamente encima de mí.

Sin embargo, el noqui se detuvo bruscamente cuando la lanza de Sephis le alcanzó en la espalda. No lo mató, pero sirvió para que la bestia se detuviera y se girase hacia atrás. 

―¡Huye! ―me pidió Sephis.

Mi horrorizado semblante se movió con unas asustadas negaciones. No, no podía dejarle ahí…

El noqui se dio la vuelta con súbita rapidez, utilizando sus seis patas para el potente salto. 

―¡Noooo! ―chillé, impotente por no ser capaz de moverme.

Por suerte Sephis estaba acostumbrado a la acción y brincó hacia un lado, esquivando a la bestia. Sacó su lanza de la joroba del noqui y la dirigió hacia el peludo costado, pero este se dio cuenta y él también se zafó, dándose la vuelta en mi dirección. Al hacerlo, sus ojos rojos otra vez se encontraron conmigo, y con un movimiento incontrolado, el noqui se arrojó a por mí de nuevo.

Con un grito, me aovillé para cubrirme con los brazos. Las fauces del noqui solamente me rozaron el cabello. Cuando descubrí mis pupilas para mirar qué ocurría, vi cómo Sephis tenía una encarnizada lucha contra esa bestia hambrienta. 

Sephis… Si le pasara algo no me lo perdonaría jamás. Si le pasara algo, yo…

El terreno comenzó a temblar de repente, y con él, se escuchó un extraño retumbar. El noqui derrapó al detenerse de forma drástica, estaba tan sorprendido y desconcertado como nosotros. Pero también asustado.

¿Por qué?

Mi pregunta pronto se respondió. 

Para nuestro asombro, una estampida de noquis apareció entre los árboles. Eran más de cien, más de doscientos… 

Antes de que pudiera pestañear, Sephis ya estaba corriendo hacia mí. Se tiró a mi lado para cubrirme con su cuerpo, protegiéndome. 

Sin embargo, esas bestias no nos miraron. Ni siquiera se percataron de nuestra presencia.

El noqui que nos asediaba se asustó aún más, pero no por sus congéneres. Lo que le daba miedo era el motivo por el cual corrían. Se unió a ellos, mezclándose entre todos esos cuerpos alargados de los cuales solo se veían continuos borrones rayados. 

Sephis se incorporó, dejando mi espalda triste y desamparada.

―Están huyendo ―se sorprendió.

Me icé para mirar lo que pasaba.

―¿De qué?
―No lo sé.
―Son muchos noquis ―todavía no daba crédito―. ¿De qué pueden estar huyendo, y de esa manera?
―No lo sé ―repitió Sephis con el mismo desconcierto―. Parece un éxodo. Un éxodo a toda prisa.

El último noqui desapareció entre la maleza, dejando un rastro de silencio y tranquilidad enrarecidos. Ni las diferentes aves de la selva quisieron hacer sonar sus cánticos. 

Me levanté, asistida por Sephis, quien me tendió la mano gentilmente. Miramos a un lado y al otro, comprobando que ya no había noquis cerca.

―Parece que ya se han ido ―dijo, llevando la vista a la vegetación que teníamos enfrente.

Los caballos aparecieron, resoplando por sus fosas nasales con los restos de su nerviosismo. Sephis avanzó un paso y de pronto su mano tiró de mí. Ambos miramos el amarre con sorpresa. No nos habíamos dado cuenta de que seguíamos cogidos. Le solté, ruborizada y apurada. Sephis mantuvo sus ojos negros sobre mí largo rato, lo que me incomodó bastante.

Otro ruido nos alertó, llamando toda nuestra atención, y los caballos emprendieron otra despavorida huida.

El brazo se Sephis me sujetó por la cintura y me escondió detrás de un tronco precipitadamente. Su cuerpo húmedo pero cálido se quedó pegado al mío por detrás y me quedé sin respiración.

―¿Qué ocurre? ―inquirí con temor.
―Hay… varias luces ―me desveló él, estupefacto.

¿Varias luces? Asomé la cabeza para poder verlo con mis propios ojos. Se abrieron como platos al ver lo que estaba sucediendo, aunque tuve que entrecerrarlos enseguida. 

Efectivamente, varias luces, brillantes como el mismísimo sol, flotaban con rapidez entre los árboles, iluminándolo todo con un fulgor cegador».




sábado, 11 de noviembre de 2017

viernes, 10 de noviembre de 2017

¿A QUÉ TIERRA PERTENECES? NORTE


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«Intenté buscar un tema más alegre, algo más trivial, algo que no tuviera nada que ver con todo lo que pasaba aquí. Entonces, me acordé del baile de disfraces de la universidad. No tengo ni idea de por qué aparecía eso en mi memoria en un momento como este, pero cuando quise darme cuenta, mis ojos ya estaban mirando a Nathan y mi labio inferior ya estaba siendo mordido.

¿Y si le pedía a él que viniera a ese baile conmigo? Puede que aquella ocurrencia de Lucy no fuera tan mala, aunque no con el matiz que ella quería darle, por supuesto. 

―Nathan ―le llamé, cortada.

Una vez más, giró el semblante hacia mí.

―Dime.

Tragué saliva y aparté la vista de sus ojos para atreverme. Dios, ¿por qué me ponía tan nerviosa con esta tontería? Éramos mejores amigos, como acabábamos de confesar, ¿no? Había confianza de sobra.

―¿Tienes… tienes pareja para ir al baile de disfraces de la universidad del próximo sábado? ―murmuré, no obstante.

¿Sería idiota? ¿Cómo no iba a tenerla? Menuda forma de pedírselo tan ridícula. Él enarcó las cejas.

―¿Me estás pidiendo que vaya al baile contigo? ―sonrió, sorprendido.

Volví a tragar saliva.

―Solo como amigos, claro ―aclaré.

¿Y ahora por qué hacía esta estúpida aclaración? Tonta, tonta, tonta…

―Guau, antes no querías ni sentarte a mi lado y ahora me estás pidiendo que vaya al baile contigo, increíble ―se burló.

Le di un pequeño codazo en el costado y él se rio.

―Venga, esto va en serio ―me quejé.
―¿Qué pasa? ¿Es que tu pijo de Boston no va contigo? ―inquirió, más sorprendido todavía.
―No, no puede. Tiene mucho que estudiar ―suspiré.

Nathan giró la cara hacia el otro lado.

―Ese tío siempre tiene que estudiar ―me pareció que mascullaba para sí. 
―¿Qué? ―pregunté.

Lo dijo tan entre dientes, que apenas le entendí.

―Nada ―exhaló, volviendo el rostro hacia mí.
―Bueno, ¿qué me dices? ¿Vendrás conmigo? ―repetí, sonriente.

Sus pupilas permanecieron fijas en mí durante unos segundos, hasta que se mordió el labio y las llevó al frente, algo pesaroso.

Oh, oh…

―Pues, verás, la verdad es que me encantaría ir contigo, July, pero no sé si voy a poder ir al baile. Es casi seguro que tendré que quedarme por las Tierras del Norte ―y soltó un resoplido disconforme.

Todas mis ilusiones se vinieron abajo de sopetón.

―Oh ―esto se notó en mi entonación.
―Mierda, lo siento, July ―lamentó profundamente, apoyando la cabeza en la pared de madera para fijar la vista en ese techo curvo.

Su brazo seguía envolviendo mi hombro, pero él no parecía prestarle la misma atención que yo.

―No pasa nada ―le calmé, extrañada por que se lo tomara tan a pecho.
―Sí, sí que pasa ―me contradijo, regresando su semblante hacia mí. De repente, se quedó observándome con disgusto, apretó los labios y, girando la cabeza hacia delante, la dejó caer sobre el paramento otra vez, descontento―. Mierda, me muero de ganas de ir contigo a ese baile. 

¿Que se moría por venir conmigo al baile? ¿Él? Eso sí que me dejó perpleja.

―No… no importa ―le contesté, llevando la vista al frente con nerviosismo―. Tienes obligaciones, lo comprendo.

Me froté las rodillas con las manos mientras Nathan ya separaba su coronilla de la pared para mirarme. Cuando viré la cara hacia la suya, me sorprendió ver esa mirada llena de determinación. Mi corazón pegó un salto enorme, casi tan grande como el estruendo que sonó afuera debido al rayo que acababa de azotar al cielo. Tomé aire por la nariz con fuerza para apaciguar el revuelo que se formó en mi abdomen, pero lo único que conseguí fue que su maravillosa y seductora fragancia llegase con más ahínco a mi sentido del olfato. Genial.

―No te preocupes. Intentaré ir, aunque solo sea un rato para bailar contigo, te lo prometo ―me garantizó con voz y gesto seguros.

Me quedé sin saliva que tragar. Me pellizqué la rodilla con disimulo para obligarme a reaccionar.

―¿Ba-bailar? Pero yo… estoy coja, Nathan ―le recordé con un murmullo, desconcertada por que se olvidase de ese pequeño detalle.
―Ya, ¿y qué más da? Nos las arreglaremos ―respondió, tan tranquilo, encogiéndose de hombros al tiempo que rotaba la cara al frente.

No me lo podía creer. ¿Estaba soñando? ¿Me estaba diciendo que iba a bailar conmigo en un baile a rebosar de gente?

―¿De verdad vas a bailar conmigo? ―interrogué sin creérmelo todavía.

Me miró de nuevo.

―¿No quieres bailar? 

¿Que si no quería bailar? No era mi sueño, pero casi. Sin embargo, también conocía mis limitaciones.

―Sí, pero… Es que… yo nunca he bailado ―confesé, ruborizada.
―¿Nunca has bailado? ―se sorprendió.
―No.
―¿Ni siquiera con tu pijo de Boston?
―No, él sabe que no puedo bailar.
―¿Sabe? ―se percató, alzando las cejas, incrédulo―. Ya veo, así que ha sido él quien te ha metido eso en la cabeza, qué imbécil ―chistó, sesgando la cara hacia el otro lado.
―Nathan ―le regañé, pegándole un manotazo en la pierna.
―Bueno, pues tú y yo bailaremos ―afirmó, mirándome con decisión.
―Pero haremos… Haré el ridículo ―le advertí, llena de dudas.
―De eso ni hablar, ya verás qué bien te sale ―siguió, en sus trece―. Cuando vuelvas a ver a tu pijo de Boston, serás tú quien le tengas que explicar cómo se baila.

Yo no las tenía todas conmigo, pero no pude evitar sonreír cuando soltó esa frase.

―Pero si ni siquiera sabes si puedes ir o no.
―Iré ―aseguró esta vez, firme―. Eso sí, no te prometo mucho tiempo, porque solamente podré escaparme un rato. Ya sabes que una hora de Wilmington equivale a un día de aquí.
―¿Lo dices en serio? ¿Harías… harías eso por mí? ―musité.

Sus ojos se internaron en los míos y mi cuerpo tembló.

―Yo haría cualquier cosa por ti, lo sabes. Eres mi mejor amiga ―me recordó.

Volví a pellizcarme.

―Entonces, ¿vendrás conmigo al baile? ―sonreí, alegre.
―Sí, claro, te lo estoy diciendo ―suspiró, haciéndose el tipo duro.
―Oh, Nathan, gracias ―mi sonrisa se amplió y me lancé a su mejilla para darle un efusivo beso.
―Vale, vale, vas a gastarme la cara ―protestó de mentira, apartando su rostro.

Solté una risilla y me separé del mismo».






jueves, 9 de noviembre de 2017

ADÉNTRATE EN LAS TINIEBLAS DEL OESTE


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«Sus pies se quedaron trabados cuando mi cuerpo también lo hizo. Me quedé levitando en vertical, en el umbral de la puerta. Prácticamente ya no percibía nada, pero sí lo sentí. En realidad no levitaba. Sentí un montón de manos en la espalda, sosteniéndome, ofreciendo oposición para que no cruzara el vano».





sábado, 28 de octubre de 2017

NUEVA ERA I. PROFECÍA

NUEVA ERA I. PROFECÍA🐺🦋: https://www.bubok.es/libros/220799/NUEVA-ERA-I-PROFECIA-FanFic-Continuacion-de-Despertar-18


JACOB.

«Busqué a alguien más de la manada, pero no encontré a ninguno. Todos habían desaparecido de repente.
¿Qué era esto? ¿Un complot?
―¿Pasa algo? ―preguntó ella, rompiendo el silencio que reinaba en ese bosque.
Nada, nada, mascullé, enfadado, desconectándome de mi manada invisible.
Ella solamente escuchó mis gañidos, pero, como siempre, los entendió a la perfección, aunque pareció evitar el tema.
―¿Podemos parar un poco? ―me pidió―. Tengo hambre, y mi cuerpo está destrozado de llevar tantas horas aquí sentada.
La verdad es que llevábamos muchas horas de viaje, no habíamos parado ni para comer, y ella se había pasado todo ese tiempo sobre mi lomo, con esa mochila a la espalda.
Reduje la velocidad hasta que el descenso por esa montaña sólo fue un simple trote y después me paré. Me giré y me eché en el terreno mirando hacia arriba, de modo que ella lo tuviera más fácil para bajar, y se apeó de mi lomo, dejando la mochila en el suelo para estirarse.
―Gracias ―me sonrió.
Asentí y me levanté.
Otra vez me fijé en la red en forma de telaraña que la envolvía bajo su alma. ¿Qué demonios sería eso? ¿Algún tipo de escudo? No. Parecía algo que la oprimiese. No me gustaba nada.
El problema es que no era ninguna energía, simplemente era eso, una especie de red, y no sabía si mi poder espiritual podría deshacerse de algo así. Me pregunté qué narices sería, porque jamás había visto nada parecido.
Llevé mi poder espiritual hacia ella para comprobarlo, no había peligro, no se iba a dar ni cuenta. Mi círculo de luz brillante se extendió y la envolvió.
Y entonces, mis ojos se abrieron como platos.
La telaraña se deshacía en algunas partes, pero eran sustituidas instantáneamente por otras, que se tejían a una velocidad ultrasónica. Sin embargo, eso, que ya era bastante alucinante y raro, no fue lo que más me sorprendió. Ella cerró los ojos y jadeó con intensidad, estaba sintiendo mi poder espiritual.
¿Cómo podía sentirlo? Eso… eso era imposible…
¿O no?
De pronto, mi cabeza se vio sacudida por una serie de imágenes y recuerdos dispersos, aleatorios, muy difusos y confusos que luchaban por salir de alguna parte, era como si estuviesen bloqueados por algo. Hasta que todo volvió a la calma de forma repentina.
¿Qué había sido eso?
Retiré mi círculo brillante inmediatamente, con urgencia.
La red siguió en el mismo sitio, y sus ojos continuaron cerrados durante un instante más mientras unas lágrimas se deslizaban a ambos lados de su precioso rostro maravillado. Los abrió lentamente, alzando sus largas pestañas, y los enganchó a los míos.
―Jake… ―murmuró, alucinada.
Mierda. ¿Y ahora qué le decía yo?
¿Y ella? ¿Sabría que estaba envuelta con esa telaraña?
―¿Por qué has hecho eso? ―preguntó, con un murmullo, estudiándome con la mirada.
Genial.
¿No tenías hambre?, inquirí, para cambiar de tema, gañendo y dando pataditas en el suelo como un imbécil.
―Ah, sí, claro, hemos parado para comer ―recordó, gracias a mis estúpidos gestos.
Oteé el ambiente con mi nariz, olisqueando para ver si detectaba algún efluvio animal cerca. Mi agudo olfato dio con una manada de ciervos no muy lejos de allí.
Vamos a cazar, gañí, empujándola con el hocico.
―Preferiría comer algo caliente, ya sabes, una hamburguesa o algo ―declaró.
Vale, guay. Ahora quería una hamburguesa.
¿Una hamburguesa? ¿Y de dónde te crees que…?
―Si no te transformas en humano, no te entiendo ni una palabra ―me cortó.
Sí, claro.
Digo que es mejor cazar un…
―No sé lo que dices ―afirmó de nuevo, mirando hacia otro lado para hacerse la tonta.
Resollé por las napias.
Aquí no hay…
―Nada, ni una palabra ―insistió.
Volví a resollar y me fui detrás de un árbol para adoptar mi forma humana. Me puse esos pantalones negros cortos, y salí de ese escondite para reunirme con ella.
―¿Te gusta más así? ―pregunté, de mal humor.
―Sí, así mucho mejor ―y desplegó esa preciosa y dulce sonrisa.
Tuve que coger una buena bocanada de aire y desviar la mirada con urgencia.
―Decía que es mejor que cacemos algo por el bosque ―repetí, en lengua humana.
―Yo prefiero una hamburguesa, ya que estamos aquí ―reiteró―. No estamos lejos de alguna carretera, y debe de haber una hamburguesería por aquí cerca, puedo oler la carne a la parrilla.
Pues sí, ahora que me fijaba olía, olía. Y también se escuchan los escasos coches que pasaban por esa calzada, además del curso de un río.
―No sé, no tenemos tiempo de…
―No pasa nada por parar a tomar una hamburguesa, además, un sitio lleno de gente es más seguro ―me interrumpió otra vez―. ¿Es que tú no tienes hambre? Porque yo estoy famélica, y esas hamburguesas huelen de muerte.
Sí, tenía razón, esas hamburguesas olían de muerte, y yo empezaba a notar el revoltijo de mis tripas. Pero eso de cenar a solas… Bueno, aunque el sitio estaba lleno de gente, se podía escuchar el leve bullicio desde aquí, bastante lejos, por cierto, y el hilo musical del local.
―Pues sí, tengo hambre, pero no voy preparado ―alegué, señalando mi escasa indumentaria.
―Ah, por eso no te preocupes. Te he metido algo de ropa y unas deportivas en mi mochila ―reveló, agachándose para abrir la susodicha.
Parpadeé, perplejo. ¿Había metido ropa para mí en su mochila?
Me mordí el labio, pensativo y dubitativo, mientras ponía los brazos en jarra y miraba a mi alrededor como un idiota, sin saber qué hacer ni cómo actuar.
Cerró la mochila, se la cargó a la espalda y se levantó con una camiseta blanca y unas deportivas negras en la mano que a mí no me sonaban de nada.
―¿De dónde has sacado eso? ―quise saber, sorprendido―. No es mío.
―Te lo compré antes de ir a La Push ―reveló, con una sonrisa. Otra vez tuve que parpadear, completamente descolocado―. Venga, vamos ―me azuzó, metiéndome el cuello de la camiseta por la cabeza y poniéndose detrás para empujarme.
―Vale, vale, pero, espera, tengo… tengo que calzarme ―acepté, algo confuso todavía.
Bajó a mi lado mientras terminaba de ponerme la camiseta, cuya talla era justo la mía, y me calzaba las deportivas, que también eran exactamente de mi número. Ella siempre daba en el clavo, por supuesto.
No le debió de ser fácil encontrar tiendas que tuvieran estas tallas. ¿Por qué se había tomado tantas molestias?
―Vamos, tengo hambre ―me apremió, sacándome de mis pensamientos, mientras empezaba a caminar por esa cuesta abajo.
―Espera, ¿dónde vas tan deprisa? ―resoplé, cogiéndole del brazo para pararla un poco―. No te separes de mí, ¿vale?
―No, nunca ―espetó, con un murmullo, alzando sus preciosos y dulces ojos para clavarlos en los míos con una doble intención que percibí a las claras.
¿A qué venía eso ahora?
―Va-vamos ―tartamudeé, llevando mis pies hacia delante.
Idiota, idiota.
Se puso a mi lado para bajar junto a mí y me fijé en esa mochila. Parecía bastante pesada, aunque sabía que para ella no sería nada.
―Trae, yo te la llevaré ―me ofrecí igualmente, quitándosela.
Ella me ayudó, sacando los brazos.
―Gracias ―me sonrió.
Miré hacia el frente con rapidez y me la puse a la espalda.
―De… de nada ―murmuré.
―Mira ―me avisó, cogiéndome del brazo para que mirase a mi lado izquierdo, donde se encontraba ella―, se ven luces allí, ¿las ves? ―y me señaló el sitio con el dedo de la mano que no me sujetaba―. Es un pueblo.
Sentir la calidez de su mano en mi brazo me puso todo el vello de punta.
―¿Eh? Ah, sí, sí ―asentí, obligándome a mí mismo a regresar al planeta tierra.
Tampoco me había dado cuenta de que estaba empezando a anochecer hasta que no me fijé en las luces de las casas.
Después de caminar varios minutos, con ella colgada de mi emocionado brazo, pasamos los últimos árboles del bosque y salimos a un terraplén muy empinado y alto que aterrizaba en el estrecho arcén de la carretera.
La vía seguía el curso del río, que se encontraba al otro lado de la misma.
Hice el amago de saltar, tirando de ella, pero me paró.
―Espera ―dijo, sin soltar mi brazo.
―¿Qué pasa? ―quise saber, girando medio cuerpo para mirarla extrañado.
―No… no puedo bajarlo sola ―declaró, mordiéndose el labio.
―¿Cómo?
―Hace un rato me hice daño en un tobillo ―me reveló―. No te dije nada para no preocuparte, pero me duele bastante. Si lo bajo yo sola, tengo miedo de hacerme un esguince o algo.
―¿Un esguince tú? ―cuestioné, alzando una ceja.
―Me duele bastante ―repitió.
Suspiré con vehemencia, mirando al frente para observar la altura. Habría un metro ochenta por lo menos.
―Bueno, vale ―refunfuñé, no muy conforme―. Bajaré yo primero y te cogeré desde abajo.
―Vale ―sonrió, soltando mi ahora desgraciado brazo para dejarme saltar a mí primero.
Suspiré de nuevo y salté el metro ochenta sin ningún problema.
Me di la vuelta y levanté los brazos para esperarla.
―Ya puedes saltar ―le comuniqué.
―¿Seguro que me cogerás? ―dudó, desde el borde del terraplén.
―No seas tonta, claro que te cogeré ―resoplé, abriendo más los brazos―. Venga, tírate ya.
―Espero que no me la juegues, me metería un buen morrazo contra el suelo ―bromeó, sonriendo.
No pude evitar que mi mente reprodujera esa escena, y me hizo gracia. Cuando me di cuenta, los tendones de mi boca se estiraban para curvar mis labios hacia arriba; llevaban tanto tiempo sin hacer esta función, que me pareció que estaban anquilosados.
―Eso estaría bien ―admití, escapándoseme una risita sorda que me sonó hasta extraña, a la vez que ladeaba la cara.
―Cuidado, que voy ―me avisó.
Eso hizo que girase el careto hacia ella con precipitación. Saltó hacia mí rápidamente y yo la cogí cuando su cuerpo se estampó contra el mío.
Se separó un poco para mirarme. Sus brazos rodeaban mi cuello. Tenerla tan pegada a mí, provocó que mi pulso se acelerase y que el cosquilleo de mi estómago cobrara protagonismo.
―Es la primera vez que sonríes ―murmuró, con sus preciosos labios también curvados hacia arriba.
Me obligué a tomar aire para recuperar la compostura.
―Sí, bueno ―murmuré, poniéndome serio, mientras ya la dejaba en el suelo―. Será mejor que nos demos prisa, todavía hay que andar un rato.
―Sí ―asintió.
―Camina detrás de mí, el arcén es muy estrecho ―le aconsejé―. Y no te separes de mí en ningún momento.
―Sí ―volvió a aceptar.
De pronto, su mano se enganchó a la mía, apretándola con fuerza. Eso hizo que mi corazón pegase otro salto y que el cosquilleo regresase. Sentí esa complicidad que siempre había existido entre los dos, como si nunca se hubiese ido. No me di la vuelta, no me detuve, pero me quedé con cara de idiota. Menos mal que ella no podía verla.
Me estaba cogiendo de la mano, me estaba cogiendo de la mano. ¿O era yo el que la cogía? Bueno, mi mano ya se negaba a soltarla. Realmente, era una situación de lo más extraña, y tampoco entendía qué estaba haciendo ella, a qué estaba jugando. Bueno, ni yo, porque lo que debería hacer es soltarla, pero el estúpido y tarado de mí ya no podía. Mi mano se negaba a dejar marchar a la suya, la había añorado tanto…
Sí, definitivamente era patético.
Me pregunté qué pensaría ese imbécil con el que estuviese si nos viese así. Por un instante rechiné los dientes al acordarme de él, pero por otro tenía que reconocer que sentí una enorme satisfacción, un poco maléfica y vengativa. Sabía de sobra qué parecíamos, y eso me gustaba. Maldita sea. Sí, todavía me gustaba. No me equivocaba, este viaje iba a ser muy peligroso para mí. Y aún así, seguía sin soltar su mano.
Caminamos siguiendo esa carretera que no sabíamos a qué pueblo daba mientras algún coche que otro pasaba a nuestro lado. Cuando esto sucedía, ella se pegaba más a mí, provocando continuamente ese cosquilleo de mi estómago.
―Dime, ¿te… te sigue doliendo el tobillo? ―le pregunté, sin quitar mi vista del frente.
―No, ahora no tanto.
―Bien.
No sé cuántos kilómetros anduvimos, y el tiempo se me pasó demasiado deprisa. Lo único que podía sentir era su mano sujetando la mía con ganas y su cuerpo muy próximo a mis espaldas, tras la mochila. Cuando me di cuenta, llegamos a nuestro objetivo.
Ambos nos detuvimos.
Justo delante de nuestras narices se encontraba la hamburguesería y un motel con un cartel enorme y luminoso que ponía Motel Wenatchee, consistente en una serie de casas prefabricadas de una sola planta baja que se distribuían en hilera y que estaban adosadas entre sí.
―¿Dónde estaremos? ―preguntó, soltando mi de repente desesperada mano para sacarse el mapa del bolsillo trasero de su pantalón vaquero. Lo desplegó y lo miró.
―Ni idea. Sólo sé que me dirigí hacia el este para no toparme con tantas montañas.
―Bueno, lo mejor será preguntar en la hamburguesería ―concluyó, guardándose el plano en el mismo sitio.
Tengo que admitir que me encantó cuando volvió a engancharse de mi mano, aunque esta vez tuve que girarme hacia delante con rapidez para que no descubriera mi cara de tonto.
Iniciamos la marcha por ese arcén estrecho y caminamos hasta allí. El olor y la música ambiental ya eran más que evidentes.
Entramos en la hamburguesería. Había algo de gente, pero enseguida vi una mesa vacía, así que me dirigí hacia allí. No me di cuenta de que seguía sosteniendo su mano hasta que llegamos al asiento y ella se sentó, quedándose con la misma suspendida en el aire por mi amarre. La solté, algo avergonzado, y me senté enfrente.
Cogí la carta plastificada y miré su contenido nerviosamente, intentando disimular y olvidar ese gran desliz».